El dios perverso de la altura anhedónica reverbera en la superficie de lobo nauseabundo contando las estrellas de aquellos sueños. Ayer. O la transmutación del dos. María era ella, toda silogismo sin apariencia denumerable. Llamar los perros de bemoles guturales, cascabeles, metrologías estupefacientes en cuerpos malogrados. María ayer, Susana en la librería arcaizante. Sol sobre las calles de San Juan, aporía inevitable y púrpura de todos los perdones. La flojera de aquellas piernas olvidaba los susurros orgásmicos de la luna descentrada. Mariposas, cruces que respiran el azul inmenso de las pausas. Y entonces dios, y su ayuda y los lobos, y las voces en la mente y el cerúleo cielo resplandeciente en los dientes ontológicos… los continuos de los círculos devienen ratas en retroceso, curva de nivel onírico, conejos en el bestiario arcaizante y mordaz. Sin oro y sin remedio…. A la transposición de los conjuntos roturados. El azaroso juego de los dados, la infamia y la guerra contra todos los subjuntivos. Era como martillar hoyos negros en la mente y en la sangre onírica restituida a ayer, al dios heterosexual de rostro blanquecino. Hasta las rayuelas o hasta el tono indivisible, la canción repetía las miradas de los transeúntes. Entonces, a la semblanza. Quería hablar de los conjuntos psiquiátricos, los transfinitos, los perdonados padres de montículo metafísico. Llovía sobre las siete vidas, sobre las lunas suburbiales y los fideos de queso. Gritaban de través todos los locos inteligentes, luego de volar sobre las islas homeomorfas. Deveníamos topologías infernales. Y brillábamos y cantábamos y entonces Susana, al despertar en medio de los grupos isomorfos a la nada, se convirtió en habla castrada. No había universo ni tiempo. Refunfuñaban ebrios de normas inductivas a merced de Usted, la indigerible. Deberías, ¿cuánto? Ene mas uno o menos uno, dependiendo. Las memorias particionadas, intervalos resquebrajados entre esas gargantas sin oro y sin remedio. A la una, a los imperios, a todos los que no supimos jugar. De acuerdo con la normalidad de las curvas repetidas, el verbo era escindente, la lengua eran los dientes. Ocho vidas quizás o la amargura. Tres canciones o el retroceso fatal. Ella conoció el hielo mientras soñaba a su soñador en monótonas líneas descendientes. Luego él, su propio dios errado. Quería parecerse a las horas del agua, engendrarse sin carne y sin delirio. Amor desenfrenado, brillaba en la penumbra, se ahogaba bajo lunas autistizadas que le sentaban osamenta. Morir después, quizás no morir nunca. ¿Has visto a Sombra? La calle era velocidad y ruido e inocencia ósea. Alguien pasará relleno de felicidad, de funtor olvidadizo. El infierno y el invierno traspuestos a la dimensión de tres notas desafinadas. Ocho vidas quizás, romper las olas. Nueve tías llorando los velorios. Sombra era un loco más, con siete vidas, homeomorfo a la forma del olvido. Morder como hablar. Quemarse. Los gatos cada uno era una estrella. Llaves yuxtapuestas, dilemas aproximados con integrales. Susana y María intermedia, ni ella ni yo ni ninguna de aquellas escaleras de la sífilis. Devenir intemporal la resucitaba en cuerpo inmenso, partición del Tres. ¿Cuántos puntos de intersección en la agonía? ¿Cuánto duele el amor? Ene más uno o menos uno, dependiendo. Matarme sin cruzar el mar, serme permutación imperfectiva. Vagan los verbos sobre el punto interrogativo, preguntan si de verdad ocurrió. Repetir agonías guturales. Soñar ser un rostro resplandeciente, parecerse imperceptible al triángulo de las aporías conativas. Penetrar la memoria, oscurecer. No caber en la vergüenza ni soñar en gris. No es lo mismo, escapó el transeúnte. Quería hablar de aquellas paredes psiquiátricas, óseas e inocentes. Rotación del reloj. Los gatos. Las ganas de matarse. Soñar lenguas destrozadas entre mares de dragones serpentinos. Nacen los ojos alucinados entre piedras dicotómicas. Luna con niño de ola, de árbol olvidado por los dioses. La pistola es no-carne y no-objeto, es la niña entre penumbras. Ese es el territorio de los vectores sin norma, la dualidad imperfecta de aquellos besos en la oscuridad tricotómica del averno que gutura los intervalos. Llover, o no volver. Volver para volverse, para estarse de todos modos. Los puntos nocturnos, las pausas infinitas. Molares máquinas diabólicas vuelven a hacerse grupos metacíclicos. O morirse o roturarse en todas las diferencias del cristo inaccesible. ¿Cuanto duele el amor? La luna los nombraba. Señores grises deambulando por las islas de fuego, señores óseos, casi filósofos. Es transparente la melancolía de lo que pudo haber sido momento desencarnado. Mujer-pistola, garganta errante remitida a la reflexividad de una relación de equivalencia. Hoy vinimos a hablar del culo hermenéutico de las penumbras hidrogenadas. Acentuar lo invisible o la concomitancia del utensilio. Ante la banalidad de las flechas mecánicas, las gaviotas devienen horizonte matemático. Esquizofrenogénico morder de los amarres, territorio de las uñas malogradas contra las derivadas de la luz hasta la nausea romboide. Contraataque del azul niño hueso hueso. Masturbación alcoholizada de los suicidas desterritorializados, dolencias topológicas o trigonométricas detrás del escenario. Así se desencadenaban las guerras entre el cielo y el suelo truncado en serpientes infinitesimales. ¡Amor, amor, amor! Falso ave de luciferina lasitud. Aquelarre, ave trina, lo que fue. Tras los rastros de la nieve en los dientes estocásticos. La montaña metafísica era una región siempre anterior, insistencia cuadrática o sinusoide. Niño-hueso, niña-gubia, orificios escatológicos del pretérito pluscuamperfecto. Conciencia subterránea de engranaje múltiple, o número sin significación. Juntarse retrocalcáneo, matarse con sobredosis de vida. Xilófono cacofónico enumerando los productos cartesianos del hiperplano hipotético. No había dualidad, las tías eran todas clausuras nunca iguales de átomos en huida. El quinto cuarto era el loco real, la risa escatológica y la cacofonía de los nombres. Desde las vomitivas paredes, juntarse cuerpo gris o algoritmo polinomial, dios heterosexual replegado a su propia ausencia. Desde la ausencia propia numerarse náusea. No estar, no estar, comerse por vértices tartamudos. Río rapaz sin isomorfía rizomática. Los otros son el árbol abstracto, el nombre de la venganza, volver para volverse. Decíamos que el cuatro se proyectaba simetría del falo dimensional. Ellos, los fríos montículos retomados en putrefactas declinaciones, sucesivas islas voladoras, correr vestido de rojo o negro. Debería objetarme transeúnte anoréxico en sueños de luces vacías. No dejar, ausentarme, construir la felicidad con escalpelos simplécticos. Casi último, con razones y precipitaciones, fuera, fuera. Los versos concatenados al Uno. Nieve grisácea en el estómago de la soledad neurótica. Otras curvas, otros horizontes, morderse para llorar. Ser tensión continua, el poro atemporal, el verbo sin permutación o infinitamente permutado. Tanto orificio como paridad del devenir insecto. Mi bemol retorna el vacío del ano lunar, la esquizofrenia triple. Ra. Re. Ri. Metálico sabor de las píldoras del diablo. Por hipopótamo o por concatenación sin cota. Por joderse. Por vomitar las aves podridas de las palabras solitarias con pureza cuadriculada. Así comenzaría la serie infinita: la luna defeca, sobre mis ojos, rayos sifilíticos y memorias introyectadas en ratas sexualizadas. Astrólogo anormal, actor bisexual de paralelepípedos grupos geométricos. La que me parió, Susana y María anodina de cuerpo silogístico. ¿Has visto a Sombra? El deambulante de los verbos excéntricos. La mujer y la serpiente muestran la infinitud de los conatos numerables. Hermenéutica del ano y de las integrales, soles de San Juan, la vergüenza. La mayoría de esos problemas eran indecidibles, nadie sabía nada. Retornar el perro a su función extramórfica de Dos lumbar de los ciegos y de los solitarios señores que te recuerdan antes de todas las amarguras anacrónicas. El cinco es la clausura de esos tiempos, el más uno de aquellas posibles respuestas. El Dos volaba en sueños reticentes, dos siempre uno, pero amordazado entre estrellas y palabras. Pretérito imperfecto en las sienes, cien pies para lo indecible y para las locuras versadas. El actor superficial se emborracha de verbos irreverentes. Erigir rocas bemólicas, aturdirse de luces hurtadas al triunfo. El seis, duplicarse. Tres por dos para reencarnar las osamentas solitarias. Para siempre máquina de caminar, de besar, de comer. Para nunca algoritmo insatisfecho, mendigos de voz, blancas estrellas ausentadas al rojo reloj binario. Aquí no brinques, decían. Faltaban las preguntas. ¿Qué es el amor? Copiarse en máquina diabólica uterina ultramórfica. Añadirse a los hijos del esputo. No es lo mismo. No hay forma para el olvido. No hay olvido para el triunfo de las espumas. Las marcas disminuyen, las ascendencias se hacen cartas de amor. Si me preguntaran las coordenadas, solo podría aproximar las funciones. Función, lo que falta de aquellas rebeldías. El último acto, los últimos. Preguntar si de verdad ocurrió. Ene mas uno o menos uno, dependiendo. Ese no fue el momento en que explotó el amor. Va. Ve. Vi. A los universos abstractos o a la concomitancia de las jerarquías. Hablábamos de la i. No es lo mismo, escapaba. Así es como algunos sueñan: nausea diabólica de dios intranscendente. Doble diabólico de actor superficial. Superficie instantánea olvidada en la mitad del discurso inexistente. Ella es una loca, otra forma del grito. Belleza en plusvalía calcánea, otro módulo de huesos. Cagarse de risas reiteradas en el sinsentido de los productos homomórficos. Nausea cíclica de dios sádico. Sufrimiento recentrado a ruedas ilusorias, subjuntivo morir encadenado. Por joderse cuando suene la trompeta. El suicidio es el territorio de las jerarquías disyuntivas, comerse a sí mismo vértice por vértice, sentirse un organismo divinizado. Las hormigas y los otros insectos, excedente de los actos de simulacro. Rombos alineados al desvanecimiento de las certezas. Doble angélico de los que mueren a tiempo. En rizomas se hortalizan los arácnidos excedentes del tiempo universal. Máquina de repetición dubitativa en voces ahogadas por el agua. Partículas de sustracción adversativa en vicios extrapolados por la costumbre. Siempre retrocediente, molar, irreverente. A las alas no mordidas a tiempo. Ellos y su Afrodita, hablando de la u. La Afrodita ósea, la triunfante disyunción del remordimiento ondulatorio. Estabas en su territorio, hablando de los discursos sin origen. Ese no fue el momento. Amor. Amorfía. Fatalidad. Integrar el caballo en su predicamento vectorial utilitario. Aquellas sombras suicidas eran las glorias del falo. El sinsentido retroviral, la ceguera de los transeúntes comprados. De un momento a otro, el acto deviene función incomputable, el entredós del tres renuente a completarse. Ocho muertes dobles retornan en cuerpos desgraciados. No son muchos, ya no. El sinsentido es la más alta forma de los abismos sugeridos al bies discursivo. Ocho cuerpos del gato reiterado por la fatalidad de los milagros. Yuxtaponer cordero y serpiente, oscurecerse en verso cerrado al mundo, serse estetofagia vengativa. ¡Eso! El doble girado en triple ciclo homólogo a la nada. Romperse ola tras ola, tras ola. Dado que equis es real, el homomorfismo es sobreyectivo y serpiente productora del esquizo a través de sus fronteras. Boca de mujer, labios rojos que hipnotizan al sol. Veintiocho de noviembre en dictada clausura libidinal. Amorfo rostro de alas roturadas. Olas de espuma retornadas al átomo anterior al número sexual. Las pinzas del crustáceo agujerean las instancias del cuerpo liso del paralogismo esquizofrénico que se soñaba altura ilimitada. Vengarse del coseno exterior, geodésica unidad centrífuga del loco tercero o de las muecas angulares. Antes del funeral, antes de la repulsión hacia todas las sexualidades del funámbulo que nunca estuvo, la venganza era el tres autorreferente. Se repetían los sueños, las conversaciones cavernícolas antípodas a la luz. Las nubes flotan entre peces y almendras de simplécticos diagramas subgrupales. Geometrías en dimensiones transcendentales, dimensión de exponente o seno retrógrado. Acentuar lo imposible, los días inocentes, los desvaríos de las hipérbolas de asíntotas concomitantes. Masturbar los fantasmas de las series iteradas, los peces discretos, los límites-cero bifurcados en la ausencia otoñal de las cercanías indispensables. ¿Para qué las periferias que no dan cuenta de los imposibles sistemas eléctricos de las neurosis autoimpuestas? La máquina se esputa en cadenas diagonales, nieves óseas, ceros de ecuaciones diofánticas: embarazos revertidos. Alguien escinde las voces por truncados extremos aproximantes, cruces de mártires hidrógenos, clausura del devenir-destino, telaraña sustraída a su horizontal mitad inclinada. Comían con el cerebro, subrayaban las preguntas por yuxtaposiciones subconscientes. Tu rostro se figura polígono de infinitas partes, universal rotado al Uno, cerebro en el falo cónico que se trastoca en espejos binarios. Sección de fetos cristalizados, binario azar de proposiciones originarias, alcance morfinómano de la ilusión utópica. Separar para volver en síntesis repetidas: el coseno interior. Soteriología de máquinas o el amarre de las falacias iteradas. No lo he visto. El ojo es siempre antes o después. Los dedos radiales del sol eyaculan su venganza electromagnética ante los ojos del profesor: mitad irreverente de la palabra amordazada. Revigorizar el sexo, zigzaguear la curva bajo los ojos desprevenidos: otra puerta mental hacia la facticidad. En las alturas de María, en la repetición de los arcosenos univalentes. Generar rombos diamantinos con flechas mecánicas en tiempo uniforme, recomenzarme. Todas las lluvias alisan campos abismales sobre el cuerpo mamífero del universo, infinito conejo del universo bajo el agua. Doble yo, múltiple yo, cero e infinito yo disociado en no-cuerpo. Los ángeles prostitutos se hacen órganos neurasténicos para sentir la infelicidad. No he visto a Sombra, el funámbulo elusivo del cuentista surrealista. Nausea diabólica de través, sexo simétrico linealizado en bemol endecasílabo, lenguaje indecidible (o mente serial desterritorializada) que el amor englute en periferias. Luego del tsunami las estrellas se hicieron trompetas apocalípticas del devenir prostituido. Yo no estaba, no me era un vértice concomitante al acto irrelevante de ave carnívora desplazada en destiempo automórfico.
Sunday, February 8, 2026
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