Thursday, December 10, 2009

Azul: despersonalización de una facticidad atribulada

Con motivo de la reciente exposición de Arnaldo Roche, podría uno preguntarse: ¿Qué es eso de lo azul? ¿Por qué el cielo es (o se representa al ojo como) azul en la distancia, y no verde, o rojo o amarillo o blanco o cualquier otro color? Ya el pintor renacentista Leonardo Da Vinci, uno de los máximos exponentes de la cultura artística universal, e incansable observador de la realidad física y espiritual en la que se desarrolla la humana, parece haberse hecho la misma pregunta hace siglos atrás. Leonardo fue el instaurador del método de la perspectiva aérea en la representación pictórica, como pudimos apreciar en nuestra somera visita hacia la fascinante y luminosa estética renacentista. En su incansable estudio de la perspectiva aérea, notó Leonardo que los objetos en la distancia tienden a azularse: de ahí, en parte, que lo azul teóricamente haya sido asociado con la idea de alejamiento. Y, si bien el afán creador de Roche no gira obsesivamente en torno a un impulso mimético en el arte, este sentido de azul alejamiento o despersonalización, considero que es clave en nuestra apreciación personal de la propuesta estética más reciente este artista.

A través del presente trabajo me propongo, pues, presentar mi parcial y humilde propuesta de lectura visual en cuanto a algunas obras de la exposición Azul del pintor puertorriqueño Arnaldo Roche Rabell (importante exponente caribeño del autorretrato pictórico), la cual exposición se está exhibiendo en el Museo de Arte Contemporáneo en San Juan, Puerto Rico. Me resulta interesante de esta exposición, de entrada, la dialéctica que se establece entre las obras precedentes al estilo azul actualmente adoptado por el pintor, y las obras "azules" propiamente dichas. Parece verse prefigurada una voluntad de azul en estas obras precedentes, voluntad que esbozará el camino hacia otra forma del hacer artístico, congruente con la forma de otra concepción de la identidad.

Podríamos mencionar, a grandes rasgos, que en las obras precedentes aparece el objeto plástico configurado en un nivel de concreción mayor que aquel en que se cuajan las piezas "azules". De ello no se sigue que haya habido una degeneración en el estilo, sino más bien el alejamiento subsiguiente de una facticidad. Existe en esto un paralelismo con el método filosófico de Heidegger para una fenomenología de la experiencia religiosa: partir de la facticidad concreta como punto de arranque hacia una visión originaria de la realidad humana. El azul representaría, entonces, la proyección de una necesidad de despersonalización.

La propuesta pictórica de Roche escenifica, narra, con toda sinceridad y maestría, la historia de una angustia, historia abierta en la que se funde el sentimiento creador y la materia plástica de una forma en que nunca sabremos hacia dónde, hacia qué nuevo horizonte, hacia qué nueva sorpresa visual nos estamos encaminando. Como indicamos anteriormente, las obras precedentes trazan, por su temática o tratamiento del estilo, el camino hacia la concepción del estilo azul que explora Roche en la exhibición bajo consideración. Entre esos precedentes destacan los autorretratos, en íntima relación con el tema sacrificial de la mesa o los bodegones.
Hay que soñar en azul y Azabache, ambos autorretratos de la década de los 80, evidencian un talento creativo de una fuerza expresiva monumental como las mismas dimensiones de los cuadros. La mirada penetrante e inmóvil en azul nos parecería remitir a la idea de Dios, motor inmóvil y preocupación constante en la búsqueda identitaria y existencial que se cuajará en las obras azules. Esta mirada azul y queda se presenta en contraste con un rostro de árida textura que asemeja al fuego; parecería pertenecer a un sujeto atribulado, facticidad caótica o infernal subyecente, sub-sistente, disociada de Dios aunque el ojo lo busque en su azul triste y desesperado en su quietud.

En todo caso, se trataría de una disociación fatal entre la trascendencia y la materia que sueña la trascendencia. Pero no asistiremos ya al sueño de una trascendencia divina, sino, más bien, a una suerte de trascendencia tóxica, intoxicada por la pregunta nunca satisfecha por el Padre. En Azul nos preguntaremos eventualmente: Luego del tsunami ¿dónde esta tu Dios? Hemos dejado, al entrar en esos ojos intensos y penetrantes, todas nuestras esperanzas. En Azul habrá ocurrido todo el tsunami. La máquina deseante del capitalismo nos habrá multiplicado y ya no estaremos, o estaremos en perpetua caída. Cuando ya no estemos, ¿dónde estará Dios, de quien somos la imagen y semejanza? El azul será entonces una angustia por Dios, inseparable de una angustia por la miseria de sus criaturas sin rumbo ni identidad, sin un lugar a donde ir nunca.

La vida como sueño o desengaño remite al periodo barroco de nuestro arte occidental. La fijeza escalofriante de la mirada que encontramos en los autorretratos precedentes al periodo azul nos lanzan una invitación hacia una reflexión profunda en cuanto a la naturaleza humana (o de su ir siendo y evolucionando en el río del tiempo, pues vemos escenificada en Roche la constante identitaria del cambio, la proyección hacia otra naturaleza “azul”, como el sueño de la “otredad”); invitación a la reflexión que nos llevará, en última instancia a la misteriosa ribera de la muerte. Asemeja esta mirada a la que encontramos en los autorretratos de Rembrandt, pintor del periodo barroco en quien halla acabada perfección el proyecto de representación de la interioridad del ser iniciado por Leonardo en el Renacimiento. Tampoco olvidar el característico azul de Rafael, que empleaba para la representación de los mantos de la Virgen, vínculo a través del cual en ser humano llega, a pesar de su naturaleza pecaminosa y arrojada, a un contacto especial con la Trascendencia divina. Tanto en Arnaldo Roche como en Rembrandt se produce una representación de la interioridad, pero en relación indispensable con la angustia existencial predominante en un momento histórico específico. Sin embargo, podríamos señalar ciertos contrastes entre ambas representaciones, sin ignorar que se trata de dos momentos históricos considerablemente separados en el tiempo. En los autorretratos de Rembrandt los espacios vacíos o negativos solían llenarse preponderantemente de oscuridad (tendencia característica del arte barroco) y el énfasis se acercaba en tonos claros (todavía existía, en esa época de crisis espiritual generalizada, la esperanza de la luminosidad del intelecto que salvaría una subjetividad). En los autorretratos de Roche Hay que soñar en azul y Azabache, el énfasis se efectúa a la inversa: del fondo claro se recalca el rostro inmenso en negro, la singularidad de una angustia y no ya tanto la esperanza de una luz como posibilidad redentora.

El blanco que presenciamos en la obra de Roche, insertada en el tiempo de Roche, en consecuencia, no sería ya tanto la luz de algún entendimiento posible como la luz enceguecedora o la niebla de la confusión mas absoluta que impera en nuestro tiempo atestado por máquinas que producen luces y ruidos de tal magnitud que nos dejan sin lugar; los rostros de Roche me remiten al concepto deleuziano del cuerpo troceado, siempre desterritorializado y desprovisto de lugar, rostro atravesado por las fisuras infinitas del dolor. Este cuerpo troceado es precedente al flotante rostro (cuerpo) sin órganos que podrían representar las obras azules, donde el dolor parece estar en una transmutación silenciosa, en la gestación de algo que no se precisa. Los rostros precedentes, pues, parecen partir de una facticidad atribulada, huyendo en fuga hacia otra naturaleza por medio de una continua despersonalización, vista flotante y distanciada de la naturaleza fáctica.

La fijeza que encontramos a través de la mirada, nos podría parecer como la mirada que come, y presenta un vínculo con el tema de la mesa, donde, como vemos en “El sacrificio” los objetos que ocupan al creador terminan comiéndoselo (me recuerda la sangrienta obra de Goya: Cronos comiéndose a sus hijos). “El sacrificio” presenta con inmensa fuerza expresiva el estallido de un rojo doloroso. Los objetos de la mesa aparecen en desorden; las copas y platos, de apariencia cristalina, parecen luchar por no caerse en medio del inestable y abigarrado escenario en que se encuentran apretujados. Las sillas aparecen dispuestas de manera ingrávida y desasosegada. Con la tensión visual creada, los objetos de la mesa cobran una presencia enfática sobrecogedora. Parece urgir una consumición. El rostro decapitado aguarda en el centro la degustación de los comensales. Las manos, que son las del artista, sostienen los platos y los tenedores, dispuestos a consumir, quizás, los ojos (sacrificar el ojo: paralelismo con la pieza Una vez mas el ciego… . Se prefigura la concepción del azul como arte del tacto). Nos parecería que todo arte auténtico terminaría siendo un proyecto de deglución. Entiendo esta deglución en Roche como una proyección de trascendencia de las propias limitaciones humanas: morir constantemente a un cuerpo para lograr otro más glorioso (vuelve el tema de la resiliencia, como en las miradas de Leopoldo Maler).

Esta disposición autoconsumidora remite a las obras azules propiamente consideradas, pues en ellas parece diluirse definitivamente la determinación de las fijezas de identidad. Vimos anteriormente el autorretrato en relación con el concepto de la mesa: búsqueda de identidad que literalmente devora al experimentador. En las obras azules parece continuar esta narrativa: los objetos han diluido la personalidad del sujeto creador. Hay cuerpos que flotan en ¿Sabes tu donde habita el todopoderoso? Parece gritarse la multiplicidad de rostros azules y esquemáticos en Blessing América. En La búsqueda de la felicidad, por otra parte, se ha transmutado la fiereza de los objetos de las mesas por un mundo en ruinas azules, ya apaciguado por la imposibilidad, balanceado en su imposibilidad azul. Interesantemente, parece persistir la pregunta por Dios. El autorretrato como fijación de un sujeto queda reprimido en este azul. En obras como la fe del no creyente, las figuras crísticas mueren sin el dolor del rojo. El concepto de autorretrato habría que buscarlo entonces en el dominio del estilo. Podríamos con propiedad recurrir al conocido adagio: "el estilo es el hombre".

Roche ha forjado su estilo inconfundible, y ese estilo le ha configurado sin duda alguna como icono indispensable en el pensar de la plástica de vanguardia, no sólo local sino a nivel internacional. No hace falta que veamos un rostro para experimentar su genio creativo, no hace falta la asignación de una identidad estática.

El tacto característico de Roche habla por sí solo; el hombre (existencia) se proyecta en su hacer y no solamente en su imagen material inmediata (aunque el hacer y la imagen van de la mano en especial cuando se trata de un pintor, sólo que el concepto de la imagen ha evolucionado al evolucionar la visión temática). Se hace necesaria, ante todo, la muerte de una formalidad que no encaja en una búsqueda existencial auténtica.

La monocromía del azul representa, desde mi punto de vista un reto técnico de no poca importancia en cuanto a la configuración de estos espacios monumentales que nos presnta Arnaldo roche con la tecnica del frottage y el grattage. El asunto de lograr el contraste y la variedad es, considero, uno de esos retos técnicos a los que magistralmente se enfrento el artista a través del empleo del blanco absoluto y el negro absoluto, en conjunción con la variación de las intensidades de brillo que se manifiesta, por ejemplo, en las hojas en frottage de La fe del no creyente. La maestría de la técnica mantiene en todo momento al espectador interesado en el producto estético frente a sus ojos.

La pregunta por Dios es un tema existencial recurrente en la exposición, presentado desde las formas más explicitas (como título: ¿Luego del tsunami, dónde está tu Dios?) hasta las mas implícitas como la mirada azul de los autorretratos pertenecienes al grupo de obras precedentes.)

¿Luego del tsunami, dónde está tu Dios? Representa, completamente en azul, la imagen crística de espaldas y crucificada boca abajo. Se repiten figuras humanas indefinibles a lo largo de la obra horizontal, semejando una suerte de árbol invertido cuyas ramas son hombres (¿Dios estaba en el silogismo disyuntivo?) Pareciera que hemos perdido el origen en la multiplicidad de las subjetividades. Las dualidades (materia-forma, cuerpo-alma, ser-existencia) se funden en lo múltiple. O quizá no se ha perdido el origen o Dios, sino que ha muerto y esta en descomposición, repeliendo los sujetos, arrojándolos a una abyección mas abyecta que su propia naturaleza pecaminosa.

Azul es para mí, en fin, la consumición inseparable de una búsqueda.
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