Las tapas emiten el olor de un dios orondo, el perfume ideal.
Aligeras los dedos al abismo
sin alcanzar el dolor, todo el azul que no cabe en tu pecho.
El averno gutura un intervalo de tu olvido:
inviertes la tierra que pernocta con las alas suspendidas,
como pidiendo erguirte entre nociones que sólo ven tus pies
para rasgar el talón de lo que se sabe invencible.
Sobre la alfombra que pisas, se enciende una amargura
que busca su palabra y, de momento,
quisiera ser la sombra de tu paso.
Quien mendiga tu voz ahora es un silencio,
silencio espectador del último zarpazo.
En su oscuridad se complace de haberte matado,
aunque tu ausencia era asistir, como corroboración,
a la muerte de quien ha nacido muerto,
y aunque no le abandona la esperanza
de tener tu cabeza, la corpórea,
eterna y sonriente bajo su almohada
para asegurarse de que nadie, por ventura,
llegue a cantar mejor,
alguna noche,
la errancia del vacío.
Monday, February 1, 2010
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